La despensita
Estimada Señora von der Leyen, pongo en su conocimiento que este noble pueblo ha soportado más de cien días confinado sin que, en ninguno solo de ellos, faltará papel higiénico. ¿Y, ahora, nos vine usted con tres días de despensita? ¿Por otra parte, cómo en 72 horas un comisionista, intermediarios corruptos, porteros de discotecas, y coleccionistas de catálogos pueden organizar una mordida decente? Así no podremos alcanzar la excelencia.
Pedro, haz algo. Habla con Meloni, tu nueva mejor amiga y adalid del progresismo, ya que Pedro no se trataría con una derechosa. Veta la medida, envía al liceniado Simón o a que dirija a los militares a aquel soldado de azul (se llamaba Jemad) que, en pandemia, afirmaba estar en guerra.
Quizá estos párrafos les parezcan un exceso de ironía, o quizá no. Pero reconozcámoslo: en términos políticos o de comunicación, la despensita es la peor noticia que hemos recibido, tras el final de la II Guerra Mundial.
Las variadas socialdemocracias y los múltiples liberalismos, las muchas izquierdas, ecosocialistas y ambientalistas nos habían prometido que los pilares del bienestar europeo, nuestr modelo social, habían triunfado para siempre.
No solo habíamos llegado al postmaterialismo y el rapaz capitalismo había cambiado sus caros productos por "experiencias", sin necesidad de producir ni contaminar nada, También, el trabajo sería cosa de inmigrantes y los demás envejeceríamos en este hermoso balneario llamado Europa.
Pero ha bastado que un par de oligarcas, ricos, corruptos , enloquecidos y henchidos de populismo se hayan adueñado de la dirección de las cosas para que el liderazgo europeo nos haya lanzado una auténtica ducha helada: nuestro continente resulta que vive la misma incertidumbre que cualquier otro, sometidos a la amenaza, el pavor económico e, incluso, el miedo físico.
Ya he escrito aquí que no debíamos ser vanidosos respecto a nuestros medios. Todos los pueblos en la historia y el mundo han sufrido el pavor a enfermedades letales, a invasiones, el dolor de la guerra o las amenzas de las armas, algunas nucleares. Esa es la historia.
Recuerden el ejemplo de aquel país de oro que sucumbió ante una pandemia (peste), el populismo (Savoranola) y liderazgos venales. Esa parece ser la historia, hoy, del balneario europeo.
Nosotros y nosotras, los europeos, en nuestra soberbia, ignoramos ese y otros pasados para repetirlos dramáticamente, jalonados de dolor y guerras mundiales que creíamos olvidados.
Dicen el Señor finlandés, autor del consejo de una despensa familiar para sobrevivir 72 horas, y la señora von der Leyen, lo que Macron decía días atrás: un manualillo que nos explique cómo afrontar catástrofes ambientales, médicas, y amenazas de guerra es necesario.
Pero todos sabemos de qué estamos hablando: suenan ruidos de otro tiempo, antiguos tambores de guerra, amenaza nuclear. Lamentablemente, nuestro liderazgo se parece más a viejos pactos de Munich (un acuerdo firmado en 1938 por Alemania, Italia, Gran Bretaña y Francia para parar la agresividad de la Alemania nazi). A la diplomacia del matón, que a un concertado esfuerzo de pacificación.
Efectivamente, según los libros de historia, podemos echar de menos a Churchill y De Gaulle, a Adenauer o Brandt o, incluso, a la corrupta democracia cristiana italiana, porque no tenemos paraguas ni escudo que nos proteja, ni adultos solventes paseando por las alfombras de amaranto. Se; echamos de menos a Kennedy y, si me apuran, hasta Kruschev y así sucesivamente.
Señoras y señores, no nos gustará un pelo, no forma parte de nuestra cultura y tradiciones políticas, pero necesitamos defender el balneario. No creo que necesitemos estrategias de agresión, pero si de escudos razonables que nos defiendan de los oligarcas henchidos de ego, testosterona e intereses económicos. Y necesitamos ser solidarios: en el balneario no hay islas ajenas al peligro.
Por eso Pedro Sánchez debe saber, como Meloni, que la neolengua no es una defensa: es una mentira. Probablemente, los áureos pensadores deben saber que "despensitas" de 72 horas, mientras llegan ayudas no se sí es una defefensa o un golpe de temor ciudadano.
La izquierda de verdad verdadera debe saber que no hablamos de guerras a kilómetros lejanos y con pueblos que occidente odia: son nuestras froteras las que debemos guardar y las que nos exigen una garantía.
Si; todos sabemos de qué estamos hablando. Se trata de amenazas bélicas destructivas como nunca. El Mediterráneo puede desaparecer con la misma velocidad que Gaza.
Agradezcamos el consejo de la despensa de 72 horas, faltaría más, Ellos se preocupan de nosotros, pero quién vendrá a protegernos: ¿esos soldados marroquíes con armamento americano?
Pero no podemos decir tontadicas, como eso de la despensa que suena a "en caso de bomba nuclear cierre las ventanas". Tampoco, Pedro, podemos reprochar a Ayuso de que las estaciones de metro no son suficientemente profundas.
En la pandemia no aprendimos mucho. Qué hermoso era aplaudir a los sanitarios (o al gobierno, nunca se sabe), pero acumulábamos papel higiénico. Algo de eso hay en el asunto de la despensita: sumámos pánico y escasez a egoismo. Esto es lo que se nos propone y lo que deberíamos descartar.
Pero en fín, me voy a comprar, vaya por dios, una radio de onda media, que no sé dónde enchufaré, unas botellitas de agua, unas latitas y, por supuesto papel higiénico. Qué vamos a hacer.