La coalición asintomática
El privilegio es el mayor enemigo del derecho y la justicia. Conviene recordarlo hoy, 8 de marzo, cuando debemos reivindicar que la proclamada igualdad real se aproxime a la legal. Un día en que quien pueda se manifestará, no en Madrid, a pesar de que los números de pandemia siguen siendo elevados, aunque bajando, en todas partes.
No se sabe si la decisión de Franco, el vivo, es por molestar a Podemos, por indicar a Ayuso que las cosas van peor que en otros sitios, por un ataque de responsabilidad del Gobierno, por no escuchar lo que hubo de escucharse el pasado año.
Tampoco es poca cosa que el movimiento feminista más vinculado a la tradición socialista, especialmente en Madrid, anda especialmente enfadado con el feminismo ministerial. Lo que es, es: feministas de toda la vida afirman sentir "pánico moral".
Como todos los movimientos, sufre el feminismo el asalto populista a sus contenidos, la agresividad en la red, que están haciendo desaparecer el factor mujer.
Los derechos de la prostitución o el transgénero pueden ser evidentes, pero el movimiento feminista se niega a disolverse en una identidad que no muchas mujeres comprenden.
El día es, sin embargo, de reivindicación. Así que hoy toca pasar pátina sobre un hecho real: la producción legislativa, fáctica y presupuestaria del ministerio de la cosa, desde la ley de libertad sexual a todo lo demás, está atrapada en los vericuetos del gobierno.
En esta, como en otras cosas, lo que es, es: o sea, que vivimos un gobierno de afines que no lo parece. En el que se dirimen batallas cotidianas cuya lista no deja de engrosar.
A la cosa republicana, a las pensiones y la cuestión social o de la igualdad y a la consabida política de vivienda, pueden sumarse el reparto de los fondos europeos, la inmunidad del fugado de Waterloo, el uso de la ocurrente dádiva empresarial de Sánchez.
No; no se me animen las derechas. Aquí no habrá elecciones anticipadas ni rupturas de ningún tipo. Al menos no hasta que nos hayan vacunado o mejore la economía.
Respecto a lo primero, recuérdese que, al ritmo de la última semana, que ha sido buena, faltan 248 días para que se cumpla el objetivo de vacunación. Respecto a la economía, por más que se levanten restricciones, hay serias dudas de que lleguemos bien al año que viene.
Con más de un tercio de población activa sin trabajar (paro, desanimados y desanimadas, Ertes, autónomos desaparecidos...), amenazas de reducciones en banca y servicios, morosidad rampante, el Gobierno necesita más fechas.
Así que estamos condenados a un conflicto permanente que se traducirá en mayor radicalismo de Podemos, que camina hacia el voto de Izquierda Unida, raspando el diez por ciento, y a sumar fracturas electorales internas. Sin alternativas al populismo de izquierda, a medida que lo de Íñigo Errejón y demás alianzas se van desvaneciendo en dirección al PSOE.
Con ministerios inexistentes (Universidad o Consumo), que han abandonado las filas de Podemos (Trabajo) o con Iglesias que de cosas sociales pasa, y en lo demás no pilla cacho, solo queda el espacio mediático.
Siempre creyeron Iglesias, Montero y Echenique - y algún que otro fundador- que las dificultades de Izquierda Unida procedían de su incapacidad de relacionarse autónomamente con el PSOE. Convicción de la que solo sacaron una conclusión: bronca en la prensa y medios de comunicación. Sacar pechito que se dice.
Ahora resulta, vaya cómo es la cosa, que la derecha se lo ha puesto fácil a Sánchez: sin oposición articulada, el prócer socialista no tiene prisa y habla en nombre de toda la izquierda, sin necesidad de liderazgos paralelos, tipo baronías, que, a medio plazo, le creen problemas.
No; no hay un gobierno de coalición: hay un gobierno de Sánchez, con Iglesias conspirando con vascos (sin PNV) y catalanes (con todos,..., por ahora, Pablo, por ahora). O sea, una coalición asintomática.
