Cuestión de huevos
Todo riesgo supone una oportunidad; esto se lo habrá dicho su coach a menudo. Quizá le parezca una idea sobrevalorada, pero imagine que opinaron las langostas que viajaban en las peceras del restaurante del Titanic del asunto.
Con los huevos pasa lo mismo. La porosidad de su cascara es un riesgo que nos obliga a cuidar nuestros huevos. Pero no hay riesgo, como digo, que un buen emprendedor no aproveche.
Nuestro emprendedor se llama Cayetano y su empresa Koroko. El animoso empresario ha decidido vender huevos con sabor a trufa, queso y cualquier cosa que a usted se le ocurra.
Si debatiéramos sobre innovación y cocina, se me ocurriría apuntar que si las gallinas hubieran querido que sus polluelos olieran y supieran a trufa, ellas picarían el afamado hongo y no los expertos cerdos que buscan entre robles y castaños.
Pero. aunque no siempre lo parezca, le hablo de economía. Así que les pido que reflexionemos sobre la pijadita esta del huevo con sabores.
Empecemos por el precio. En economía se dice que el precio debe ser lo que cuesta producir la última unidad. Pero, también, se sabe, que la satisfacción es variable fundamental. Llegados aquí, les pregunto, Ustedes que, de natural, son caprichositos y caprichositas ¿obtendrían satisfacción de algo, si les costara un 800% más de lo que ustedes pagan habitualmente?
Pues vean el asunto: ayer un par de huevos camperos, de esos hermosos y procedentes de gallinas sin torturar, costaban 22 céntimos; un par de huevos con sabor trufa se venden a 1,70. Es que se venden a pares, saben ustedes: a ocho veces su precio normal.
Ustedes me dirán que no los comprarán. Pero ,seguramente, en alguno de esos restaurante que venden, faltaría más, huevos a baja temperatura, - o sea, con la yema cruda - se los colocaran un día de estos: y ustedes se harán un selfi con el huevo para epatar a su "cuñao".
Pero más allá del precio de la pijada, debemos interesarnos por el mercado. Si usted fuera productor de huevos y los pusiera en el supermercado a 1,30 la docena, pudiendo cobrarla a diez euros. ¿Qué haría?: pues destinar huevos a ser inyectados con sabores. Una polución que reduciría la oferta asequible y doparía el mercado.
La doctrina de la gastronomía moderna se ha llenado de teorías como el producto de proximidad, el respeto al entorno y la reducción de la distancia entre el mercado y el producto.
Un triple criterio compatible con la sostenibilidad y absolutamente imposible con estos mercados alimentarios de lujo excesivo, que no gourmet, cuyo efecto sobre los precios medios y las cantidades ofrecidas son ingobernables.
Por supuesto, mientras nos tomamos un par de huevos a diez euros la docena, y vigilamos un coche eléctrico de esos que valen como un piso, podemos criticar a esos pobres que polucionan la ciudad con sus viejos coches de gasoil.
El animoso empresario ha afirmado que está pensando en el mercado exterior y ya cree que puede lograr huevos con sabor a wasabi y, por qué no, a guacamole. Por ejemplo, cómo no vender en Guatemala una docena de huevos con sabor a chiles, que solo costarían el 5% del salario mínimo mensual de Guatemala.
En fin, que listos somos, cuando nos ponemos listos. Por cierto, si ustedes tienen algún amigo que les regale una trufa o se regalan un día una, a 800 euros la baratita, bastará con que pongan un huevo normal en un táper o un frasco al vacío, con un poco de arroz en la base y la trufa pegadita al huevo, y conseguirá lo mismo, pero eso si no podrá presumir ante su "cuñao".
No obstante, si usted es feliz con la comida baja en tonterías, un día les cuento como hacía Lucio sus huevos rotos con patatas. En fin, pasen buen fin de semana y cuiden sus huevos, hace calor.
(Cronica de viernes en CLikcRadioTV)
