Cuaderno de campaña(2): Los días del oximorón y el odio
Penalizar a los pobres en unas elecciones entraña pocos riesgos, recordaba Luis María González, citando a Tony Judt. Cosa que Ustedes pueden comprobar con una simple lectura a los programas electorales de los cinco magníficos: hablan de los que sufren, pero están más preocupados por las clases medias y sus airados vástagos, que otra cosa. Bueno, rectifico para que no me riñan: a Vox, según su gurú, le preocupan los ricos.
"Hay gente que busca problemas" afirma Laura Borrás, candidata de los restos del 'tres per cent' y de los pacifistas de toda la vida, dejando claro que eso de ir a pedir el voto a Cataluña merece el escrache de la alegre muchachada universitaria catalana, en busca de un nuevo aprobado general.
No podían ser menos los que inventaron el escrache cuando se llamaba 'kale borroka'. Ellos y ellas, que ya fueron alegres muchachos antes que nadie, han vuelto para recordar que Rentería es territorio vedado y peligroso para cualquier españolazo o españolaza que pase por allí.
Los medios del lugar parecen alertar contra esos que osan pedir el voto en tierra del norte, cosa que Echenique ha reforzado, señalando que aquel o aquella que va a tales sitios a pedir un voto es un provocador. La culpa es de las nucas que se ponen a tiro, ya se sabe.
Sánchez que se manifiesta defensor de la plurinacionalidad, eso del federalismo ya parece antiguo, afirma defender el artículo dos de la Constitución, lo que ya es complejo.
Casado, el profeta del diálogo, acuda a Sánchez de sentarse con violadores y, por si acaso los mayores no se han dado cuenta, se lanza a por su voto prometiendo mejorar pensiones, mientras su gurú pretende quitárselas a los más jóvenes.
Rivera dice que las ministras de Sánchez no quieren que los gais tengan hijos, negando a los socialistas todo su combate por la igualdad, que ya es negar. Iglesias lanza un "viva España" como si estuviera frente al visigodo don Pelayo, que dicho sea de paso, nunca fue español.
Es la ira contra el debate; la violencia frente al pensamiento; el amedrentamiento frente a la reflexión. Del miedo surgen los "mejores" votos y las peores patrias. Y han reaparecido los profesionales del miedo , las manadas más que manojos, los que siempre prefirieron que la gente se quedara en casa antes que expresara en paz su opinión. Se grita sobre el futuro en las plazas, mientras se preñan los gestos de pasado.
La alta indecisión ha producido una campaña donde los partidos no han blindado sus fronteras. Sellar el riesgo de fuga es una necesidad más imperiosa que nunca, que requiere movilizar a los propios con la exageración como bandera. La campaña se llena de tantas realidades alternativas como candidaturas.
Las realidades alternativas giran en torno a los gobiernos monstruo de los que nacerán todos los males. Las múltiples izquierdas, y populistas de toda laya que ignoran si son de derechas o izquierdas, nos amenazan con el trio de la benzina derechista. Las no menos múltiples derechas nos amenazan con un Sánchez apresado entre nacionalistas.
Los de la Junta Electoral, que siempre se la pillan con papel de fumar, me refiero a la argumentación, esa que siempre negó la presencia extraparlamentaria en debates, le dicen, ahora, a Sánchez que si quiere tres derechitas tendrá que ir acompañado de sus tres "indepes".
Es lo que hay. La campaña electoral se ha convertido en un enorme y ruidoso oximorón donde todo el mundo contradice lo que dice defender. No hay programa que merezca ser contado; país que merezca ser soñado; pensiones que ser salvadas o empleos creados.
Lo que de verdad importa es el escrache
al adversario, da igual que sea físico o moral. La cosa es que se vea el odio, porque para votar en tiempo de la cólera no hay que aspirar a ser mayoría sino
odiar.
