Crónica de viernes sin resaca

01.01.2021

Día 1 de enero: tirado y con resaca, arrastrándome hacia el sofá, debiera estar, como de año en año, como corresponde.

Sí; tratando de seguir las notas del concierto de Año Nuevo, recordando al gran Pérez de Arteaga. Así como no tenemos siestas en julio desde que no está Indurain, sin Pérez de Arteaga el sabor a Viena, vals y resaca de cava no es lo que era.

Acompañado debiera estar, pues, de un caldito reparador, previsoramente preparado la víspera, como es tradición. Tradición que alcanza tanto al caldo como a la resaca. El combustible ibérico me permitía alcanzar a la marcha Radetzki, momento divertido, con palmitas y todo, en que, renovada el ánfora de caldo, se daba por iniciado el periodo de revisión de propósitos para el nuevo año.

Momento divertido pero cruel ya que, inmediatamente, y en justa venganza poética, mi señora sintonizaba con Garmisch, extraño lugar alemán, donde unos señores rarísimos se empeñan en deslizarse por toboganes, a pesar de ser talluditos.

Pero no; aquí estoy, sin resaca, con un cafecito, esperando puntual el concierto. Miro por la ventana como el personal no se arrastra por las calles a comprar el pan, sino que raudo y fresco camina como si tal cosa, de chino a paki, a buscar unas cervecitas, porque dado lo de la queda y su toque, llevan más alcohol en la mano que en el hígado.

Estoy tan lúcido que hasta noto como uno de los señores de las tubas llega tarde al mandato de la imperiosa mano de Muti. Sospecho que el tipo ha estado haciéndolo toda la vida, engañándome el cabroncete, aprovechando mi catatónico estado.

No crean que solo estoy sin resaca; tampoco hay japoneses en el concierto. Bueno, ni japoneses ni nadie. Los músicos interpretan a una sala vacía en la que, lo ha dicho Muti, solo vagan espíritus, importantes, pero espíritus.

Pero lo peor está por llegar. Mi señora no solo ha puesto una lavadora, sino que ha cerrado Garmisch para poner un programa de televisión, mientras reclamaba una cerveza y sus berberechos habituales, vean ustedes, como si fuera un viernes cualquiera.

Es notorio y definitivo: no está nada claro que el 2021 haya llegado. Tengo un momento de duda, quizá con esto de la cogobernanza las cosas no ocurran como antes, sin decreto autonómico previo. Pero sí, lo dice la televisión pública: es Año Nuevo.

Aquí me tienen de viernes, uno de enero, sin resaca, teniendo que convertir mi caldo en simple sopa de fideos, echando de menos a los ruidosos japoneses de la primera fila del teatro, mientras suena  Canción de Primavera y dando palmitas como un poseso, sustituyendo a un teatro vacío.

Propósitos... qué propósitos pueden revisarse. Casi todos los que oigo tienen que ver con el año que fue.

Y qué quieren que les diga, parece la cosa algo ochentera. Igual que en la fase que antecedía a la precedente, la libertad consistía en tener un chándal para salir a la calle a hacer deporte, día glorioso,, ahora todo el mundo aspira a ponerse un pinchazo. No es por hacérselo notar, pero sonar, no suena bien.

En fin, si Pérez de Arteaga levantara la cabeza nos iba a decir un par de cositas que, por cierto, Muti que habla inglés como si fuera español, o sea que se le entiende todo, las ha dicho bien dichas.

Daría para una reflexión sesuda el llamamiento del director a las autoridades, pero es viernes, y como llevan con el cronista más viernes que con la Filarmónica de Viena, sabrán que el jefe de la Clicktertulia, Juan Ignacio Ocaña, nos prohíbe tales cosas en viernes. Los CEO de la radio aplauden, mientras avisan que el retraso en la cesta navideña se debe a Amazon y no a mala voluntad y que enseguida la envían de nuevo (no, para creérselo no sé si es).

Además de viernes, es día feriado. O sea que, en lugar de tertulia, se lo tengo que decir por escrito. Como tienen ustedes un viernes sin resaca, pueden leer

(Clicktertulia. Jueves 31 de diciembre de 2020)

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