Camilleri: una muerte en la buona Italia

17.07.2019

Ha muerto Andrea Camilleri. Ha muerto uno de los nuestros. No; hoy no le hablo del tipo comunista, de izquierdas, progresista, aunque también. Hace tiempo que hemos aprendido que lo nuestro es más grande: ese mundo que siente empatía por los que cabalgan las olas de muerte a lomos de pateras, que vigilan el sufrimiento del personal. De esa pasta era Camilleri.

Pertenezco a una generación que pudo leer a Sciascia y a Camilleri, quiere decirse, a la Sicilia buena, la no corrompida, la que resistía a golpe de ética y poesía. Ambos, como la gente de la Sicilia buena que les acompañaron, eran, a su modo, barones rampantes, viviendo en árboles  elevados donde su lucidez les permitía observarnos.

Mientras Salvini y todos los "nacionalpopulismos" pardos venden odio, humo y egoísmo de rico impertinente, hay italianos e italianas, de los de antes, que claman por explicar lo que es el sur, lo que era la vieja justicia. De eso era Camilleri.

Montalbano, el héroe de Camilleri, siempre nada para huir de Vigata, pero siempre vuelve. Camilleri era como su pueblo: los italianos e italianas siempre están queriendo irse, pero siempre se quedan observándose a sí mismos y, creyéndose ruina de foro, acaban construyendo páginas inmensas de lucidez.

Camilleri inventó su personaje para hacernos más sabios a los demás, porque era como nosotros y nosotras. Su comisario no era un héroe de Hemingway, un cínico como Carvalho o un funcionario lúcido como Jaritos. Montalbano era el líder que Italia busca, la tradición de empatía, justicia y autonomía de la mala hierba que gustaban a la Italia de siempre.

Camilleri había quedado ciego, anunciaba su eutanasia, pero su lucidez no le ha dado tiempo, seguía imaginando razones para combatir por la buena Italia.

Esa era la Italia de Camilleri, la buena Italia que admiramos en nuestros propios días de plomo. La Italia que organizó festivales, mítines, exposiciones, que recaudo dineros para aquellos presos y presas que, de verdad, eran presos políticos.

Era una tarde romana en una "trattoria", siendo yo un joven presuntuoso, acompañado de un candidato también presuntuoso, Fernando Pérez Royo, que no negará ninguna de las dos cosas , cuando Pajetta, el partisano, nos enseñó que mejor guardáramos nuestra vanidad: nos explicó como habían liberado Milán, mientras Napolitano, que entonces era jefe de los comunistas italianos en el Parlamento Europeo, ensayaba su sonrisa de futuro presidente de la República.

Entonces, descubrí lo que ya intuíamos: en Italia siempre ha habido un pueblo dentro de un pueblo. Gramsci, Togliatti, Amendola, Longo, Ingrao, desde luego Enrico Berlinguer, eran la cabeza visible de aquella gente. Pero no eran ellos, estaban Sciascia, Camilleri, Calvino, Pasolini y tantos otros.

Pero, sobre todo, estaba toda esa gente de los arrabales que hicieron la historia de la buena Italia. Estaba como hoy está ,seguro, por encima del ruido pardo, llena de gente que no se dejará pisar por la abrupta secesión de los ricos, llena de odio y rabia.

Camilleri era de su pueblo. Un pueblo que siempre parece desmoronarse, pero que sobrevivió al fascismo. Que, mientras aquella nave varada en una bonanza antillana y la mafia que era la Democracia Cristiana gobernaba, nos dio a Enrico Berlinguer y a Moro. Que sobrevivió a las horrendas brigadas y al terrorismo negro.

Nos dio, mientras todo parecía desmoronarse, a Fellini y el mejor cine europeo, digan lo que digan los franceses y Pedro Almodovar. Ese pueblo nos dio a Falcone y al juez Di Pietro, a Mani Pulite, También sobrevivieron a Tangentópolis y al capitalismo de casino, al muro derruido, siempre con la elegancia del mejor diseño y las decadentes ruinas que nunca se caen. De ese pueblo era el bueno de Camilleri, ciego al final, sí, pero nunca cegado.

Aquí, en España, pudimos pasar de leer a Vázquez Montalbán a Camilleri, porque ambos nos hablaban de los mismo: de la podredumbre que esconden los fastos, de la ética del común, del esfuerzo de los hijos de esa clase obrera que ya no existe por ser mejores y sobrevivir con dignidad. Ellos sabían más cosas, y por eso, quizá, sufrieron más.

Hay un mundo paralelo donde viven Carvalho, Jaritos, Montalbano y tantos otros. Donde Manolo espera a Andrea. Donde cocinarán platos que irritarán a cualquier dietólogo.

Ese es el mundo en el que, a veces, soñamos. Manolo decía que "La historia no es como nos la merecemos", pero resulta que, a veces, sí: al igual que el héroe de Camilleri, por encima del odio pardo, hay capitanas que salvan de la muerte en el mar a unos extraños. Y entonces, imaginamos cómo era "el beso de la sirena".

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