Atrapados entre Davos y Trump
Esta semana, hemos vivido dos acontecimientos planetarios. En primer lugar, la toma de posesión de Donald Trump, fuente de noticias para los próximos cuatro años, por lo menos y el foro anual de Davos, en el que las élites mundiales escasean cada vez más, mientras siguen haciendo profecías sobre lo que nos ocurrirá.
Davos, era y ha sido criticado por su coste y su visión alejada de la realidad y Trump criticado por los globalistas de la nieve les ha dado un buen golpe.
En realidad, el mundo cada vez presta menos atención a estos eventos. Sin fiestas en la Casa Rusia, con vodka hasta el amenezar, sin chinos haciendo negocios y con la pandilla "tecno" que se ha pasado al lado de Trump, salvo la señora enviada por el Reino Unido y Sánchez y la burocracia europea, casi nadie ha aparecido a decir cosas especialmente serias, salvo criticar a la otra pandilla.
Al margen del Foro Económico Mundial, los antaños líderes globales han sido sustituidos por representantes de agencias de ayuda, bancos de desarrollo y prestamistas multilaterales que conocieron a muchos líderes mundiales presentes y compitieron por llamar la atención entre el brillo del festejo.
Pero en una cumbre dominada por el advenimiento de Trump y donde era evidente la abrumadora concentración de poder en manos de unas cuantas corporaciones gigantes, las voces de Davos parecían lo que son: voces de otra época.
La llegada de Trump a la Casa Blanca consolida un cambio que comenzó incluso antes de su primer mandato: alejarse de la marcha implacable de la globalización y avanzar hacia un mundo más fragmentado. De hecho, ha llegado la "slowbalitation", la máxima lentitud de los intercambios comerciales.
Rusia, otrora bienvenida a lo que luego sería el G8, está promulgando una guerra en Europa, con su economía ahora amurallada tras sanciones; China y Estados Unidos compiten por el dominio geopolítico. Ursula von der Leyen, que tuvo que pasarse por allí afirmó: "hemos entrado en una nueva era de dura competencia geostratégica".
Adaptándose a la visión de mundo transaccional y de suma cero de Trump, los líderes mundiales abandonaron cualquier apelación a ideas grandilocuentes y plantearon puntos de negociación con Trump: el miedo, da miedo.
Von der Leyen destacó que hay 3,5 millones de estadounidenses empleados por empresas de propiedad europea en Estados Unidos. El secretario de Comercio del Reino Unido, Jonathan Reynolds, señaló que carecemos del gran excedente de bienes que podría ponernos en la línea de fuego de Trump.
El nacionalismo está de moda, pero no tanto los grandes ideales globales. Sin embargo, como dijo Mathias Cormann, el decididamente optimista secretario general de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) "cuando nos reunimos en Davos, el mundo todavía necesita urgentemente que los países colaboren".
En materia climática existe un acuerdo global –el tratado de París– y sus demás signatarios deberían seguir cumpliendo su parte del acuerdo. Von der Leyen afirmó que la UE "mantendrá el rumbo".
Cosa que a Trump le da lo mismo porque ni se ha quedado, ni piensa cumplirlo. Lo suyo es perforar, el trackig y decirle a Musk que haga menos coches eléctricos. Cosa que a los chinos, por cierto, les ha encantado.
Hay otra cuestión urgente que las políticas de Trump corren el riesgo de exacerbar y para la cual actualmente parece haber pocas posibilidades de progreso: el alivio de la deuda de los países más pobres del mundo.
Muchos economistas temen que los planes arancelarios aumenten la inflación en Estados Unidos, lo que podría generar tasas de interés más altas y un dólar más fuerte. Para los países con préstamos cuantiosos denominados en dólares, eso significaría un aumento en el costo del servicio de sus deudas.
Los delegados que asistieron a Davos la semana pasada no tuvieron ninguna duda de que la colaboración global está muy pasada de moda. En este clima gélido, formar una coalición para abordar la deuda insostenible es una tarea difícil.
Es por eso que Sánchez ya no llamó por teléfono a Guaidó ni a nadie, tampoco puso la alfombra a China, eso lo hizo al día siguiente, apenas habló con los del Ibex que andaban por allí. Nos convocó a que le digamos a Trump que "no pasará", aunque no con mucha credibilidad, para que engañarse.
Sin embargo, algunas cosas si han quedado claras: el ritmo cada vez más acelerado del cambio tecnológico significa que los países atrapados en la deuda están condenados a quedarse cada vez más atrás.
Por eso España debería preocuparse de que la inversión mantenga los niveles de los dos últimos años, sabiendo que, precisamente esos dos últimos años la inversión nacional no crece y que la norteamericana ha descendido, al contrario del resto de la inversión internacional.
Cuando les escribo esto, estoy atrapado en una cama por la gripe, no sé porqué sentirme atraapado entre Davos y Trump me recuerda unos enormes versos de Fernando Pessoa: "...¡ qué gran resfriado ! Necesito verdad y aspirinas." Es que lo de Trump y Davos es un gran resfriado en el que nos hemos quedado atrapados.