Raúl del Pozo, la inconveniencia de ser un ilustrado
Artículo publicado en la revista Antena. Núm. 197. Abril. 2026 (Descargar revista aquí)
Escribo estas líneas cuando llega la primavera astrológica; han pasado diez días desde que se fue Raúl del Pozo. Me pregunto que no se habrá dicho de él y que puede uno aportar al reconocimiento de una figura irrepetible que hizo más digno el periodismo y la literatura.
Uno de los obituarios más leídos lo ha calificado como "el último bucardo" (Antonio Lucas, 2026). Una especie extinguida, sí; pero, quizá, se sabe menos que el bucardo es la única especie que se ha extinguido dos veces: desapareció tras fracasar su clonación.
Quizá a eso podemos dedicarnos quienes no podemos ser herederos de su pluma y somos tan solo memoria de su palabra: a que no se extinga, por segunda vez, ese puñetero bucardo.
Si en un periodo, a lo mejor próximo, cualquier día después del apocalipsis que se nos anuncia, llegara un extraterrestre a la tierra quizá, entre el papel convertido en ceniza, encuentre que Raúl era un señor que celebraba la vida con pasión y se quede ahí. Ayudemos todos al desconocido, a los desconocidos, a todos esos que no saben lo que significa empezar "el día leyendo un papel impreso" a saber algo de Raúl.
Lo conocí (1987) como todo el mundo y, probablemente, en el mismo sitio. Pero no pude seguirle el ritmo. Recién llegado a mi cargo en Madrid, con hija pequeña que llevar al colegio y de temprano entrar a mi despacho de responsable de comunicación del PCE, siempre me asombró esa afirmación suya que volví a leer años más tarde: "el periodismo nace al alba" (2009) y él se disponía siempre a ser el primero o el último del día anterior, quien sabe. Mi sorpresa es cuánta gente, según he leído, fue más valiente que yo y sí le siguió el ritmo.
En consecuencia, nos encontrábamos cada uno en distinto lado de la comunicación, o sea de cada cuatro veces nos discutíamos tres, la cuarta era una efímera reconciliación. "No vuelvas a reñirme, tú estás en el secreto", me decía, cuando me quejaba del maltrato a mi secretario general o diputado de turno.
El caso es que seguía considerándose algo de los nuestros, recordando aquel instante en que Raúl se apellidó Júcar y advertía, en Mundo Obrero, sobre aquellos que "con los gemelos en una carrera de galgos no apuestan por un buldog" (era su idea de la burguesía española y su percepción de González).
Probablemente, su compromiso con el humanismo viene de su vocación ilustrada. Razón y Madrid eran sus pasiones. Ilustración significa verdad, razón, ciencia, algo de jacobinismo y cierta desconfianza de las alfombras de amaranto.
Como buen ilustrado debía convertir su oficio en arte y lo hizo. Elevó la crónica a literatura, uno entre los elegidos del periodismo español que lo han logrado. Mi último enfado con él fue en 2009 cuando, orgulloso yo de mi apenas inaugurado blog, nos llamó a los blogueros "monos con ordenata". Lo llamé, protesté y me colgó. Pocos días después me contestó en una crónica fastuosa: "yo también soy un mono de maese Pedro, de la parte de Cuenca"; volvimos a encontrarnos, hicimos de cuarta vez y nos reímos. Lo que le molestaba de los blogueros es que, según él, robábamos lo que a él le sobraban: palabras.
El mismo definió su literatura y su propósito. Sobre su literatura dijo: "escritura seca como un esparto, hosca como una ortiga y lana y dura como un cascajar" (1994). Él lo había leído todo y, lo que es más importante: lo había entendido todo. Por sus crónicas ha desfilado todo el mundo desde Ovidio a Faulkner, desde Kafka a Quevedo. El entendía como Faulkner que "la literatura es una expedición a la verdad" (2024).
Por eso, su propósito siempre lo tuvo claro: "el esplendor del viejo oficio y el más divertido cuando creíamos que con 400 palabras se podía tumbar un gobierno, antes del populismo y la posverdad…,peor sería tener que trabajar" (2024).
Le llegó, nos llegó, ese duro momento que él mismo describió en el obituario a Natalia, su mujer, "como un naufragio hacia adentro nos morimos" (Neruda). Ahora somos nosotros náufragos en la isla que él llenaba. Quizá esa generación que empezaba el día leyendo un papel impreso me entenderá: como pidió Raúl, unos empezaban por el cupón, otros, los ricos, por la bolsa: nosotros lo hacíamos por su columna.
Su última crónica (2026) fue ejemplo de la vigilancia sobre el poder: "se le niega a la gente el voto cuando más lo necesita". Su siempre atenta vigilancia le creo incomodidades varias, pero esa es la inconveniencia de ser un ilustrado.
